La carta que una hija no espera

Querida hija:

Los años no vienen solos. Ellos me trajeron muchas experiencias tanto buenas como malas y con todo eso, mucha sabiduría. Recuerdo mis años de juventud yendo a la facultad y soñando con una vida llena de aventura y de nuevos destinos. Algunos proyectos los cumplí, otros no. Me convertí en mamá y tuve el placer de verte crecer y volverte una gran mujer. Por eso, antes de que tus años pasen te cuento esto:

Desde chica me enseñaron que nosotras no debíamos hablar muy fuerte ni correr demasiado ni andar sucias de jugar con arena, etc.. Me trataban como princesa creía yo sin saber el alto costo que pagaría por eso. A mí me tocaba ayudar a mamá a lavar los cubiertos y preparar la mesa y por algún motivos a mis hermanos no. Nunca lo entendí. No puedo decir que tuve una mala infancia pero sí, una llena de incógnitas.

Pasaron los años y llegó la pubertad. Recuerdo cuando mis pechos comenzaron a crecer, los chicos del colegio me comenzaron a decir cosas como “Qué pechos” o “¿Usás corpiño, verdad?” y yo no sabía que responder. Se sentía tan incómodo. Y qué decir de cuando en mujer me convertí, mi cuerpo fue completamente sexualizado por los hombres y por la sociedad. La princesa que en mí estaba comenzó a sentirse en prisionera de un cuerpo del que no podía escapar.

Caminaba por las calles con miedo a los comentarios ordinarios de algunos hombres. Sabía que no podía estar fuera pasadas las nueve de la noche. Las tías me decían que no podía usar polleras cortas ni escotes ni ropa muy exhibicionista porque “una mujer de verdad no se viste así”. Las reglas para ser mujer se hacían extensas cada vez más y ya no sabía como seguirlas todas.

Luego conocí al que me hizo cambiar de opinión sobre los hombres. Fue mágico conocerlo y comenzar a construir una vida con él. Era atento, considerado, respetuoso y compañero. Era tu papá. Lo amé con todo mi corazón y toda mi devoción hasta el día que murió. ¿Por qué lo menciono a él? Porque a pesar de todo el amor que él me dio, todo lo que aprendí de chica me acompañó en mi vida de adulta. Cuando los hombres hablaban en las cenas familiares, yo me callaba. Cuando de limpieza se trataba, yo era la primera voluntaria no por voluntad sino por deber. Cuando de tomar decisiones se trataba, yo creía necesitar el permiso de tu papá. Por último, mis sueños quedaron en segundo lugar porque como esposa debía apoyar a mi marido en casa y en la vida. La propia luz que yo tenía adentro se veía apagada por mis costumbres y pensamientos.

Hija, todo esto te lo digo para que recuerdes del inmenso valor que tenés para mí y para el mundo. Sos más que una mujer, sos gloriosa. Tu cuerpo es tuyo y de nadie más así que vestí lo que quieras cuando quieras. No hay límites para vos. Colocá tus sueños primero y tus opiniones en la mesa. Nunca mires para abajo y nunca permanezcas callada. Ser mujer me enseñó que el límite lo ponemos nosotras mismas. No permitas que te falten el respeto. Y por sobretodo, no creas que todas las personas son iguales. Alguien llegará y te hará sentir el amor que esperás recibir. Alguien estará ahí para compartir contigo su felicidad.

Sé feliz mi hija. Buscá tus horizontes y volá.

Sé libre, sé vos.

Con mucho amor,

Mamá.

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