La balanza y mi abuelita

Si de algo puedo hablar, contar, mostrar y hasta escribir con la más absoluta propiedad es de… ¡una balanza! Qué mujer no lo haría ¿verdad?. Es que con ella (pobrecita, qué culpa tiene la desdichada de nuestras incontables taras) mantenemos desde que nacemos una relación de amor-odio parecida a la que la mayoría de las mujeres sostenemos, a lo largo de nuestra vida con el chocolate… Primero el placer, el saborearlo lentamente mientras se disuelve en la boca llenándonos la mente y el alma de serotoninas. Y eso no es que esté mal, al contrario, ¡es fabuloso!, después de todo son las hormonas de la felicidad. Lo que está mal es lo que viene después: la culpa, sí, ¡la maldita culpa!

En realidad es ella la causante de todos nuestros males… ¡la que nos golpea por dentro y por fuera como un verdadero castigo divino!. Y divino es el montón de dinero que tiramos por la ventana en consultas con dietólogos, masajistas, personal training, y hasta en las mezclas que la yuyera de la esquina nos aconseja tomar para perder esos benditos kilitos de más.

Por suerte después de probar tantas fórmulas, pociones y recetas mágicas (que no existen, creéme por favor) encontré la solución.

No, no fue huir de las balanzas ni de los espejos como Drácula en noche de luna llena. Me la dio mi abuelita que de tonta no tiene ni la T, basta con decirte que el alzeimer, el parkinson y otras lindesas que nos esperan no pasan ni por la esquina de su casa.

Fue seguir el sabio consejo de mi abuelita que me dijo:

“Miráte al espejo mi amor, sos preciosa, queréte mucho, y no comas más de lo que podes gastar en una hora diaria de caminata.” ¡Touché!.

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